martes, 2 de septiembre de 2008

Actos de Dios

ACTOS DE DIOS
David Graham




En Agosto del 2003 llevé a mi hijo a St. Tropez en el Sur de Francia para pasar el puente de la fiesta bancaria. Después de almuerzo salimos a nadar y participamos en un par de carreras, que él ganó. Mientras me iba a cambiar, lo observé flotando en el mar al lado del muelle. Recuerdo haber pensado que estaba molestando, tratando de ver por cuanto tiempo podía aguantar su respiración. Los eventos posteriores se representan permanentemente en mi mente, de manera repetida y en cámara lenta: darme cuenta que estaba en problemas, alcanzarlo, la vista vacía en sus ojos, su cabeza reclinada, gritando por ayuda, el beso de la vida, la conciencia, el helicóptero, el hospital, la sala de espera.

Los doctores me dijeron esa noche que era improbable que Nick pudiera caminar de nuevo pero yo no les creí en ese momento. Lo que pasó fue que se lanzó desde el muelle y su cabeza se golpeó contra un banco de arena. No entendí, probablemente no quería entender. No solo se rompió su cuello, también se había sumergido, y en un par de días desarrolló una neumonía. Recuerdo estar contando los tubos que el tenía mientras yacía inconsciente en cuidados intensivos durante nueve días. Los tubos se redujeron de quince a ninguno a medida que el se recuperaba lentamente, pero permanecía paralizado de la nuca para abajo, incapaz de hablar hasta que no le quitaron de su garganta el tubo de la traqueotomía y su pulmón empezó a mejorar.

Permaneció en cuidados intensivos en Toulon durante siete semanas hasta que estuvo lo suficientemente fuerte para poderlo llevar en una ambulancia aérea a la unidad nacional vertebral del hospital Store Mandeville cerca de Aylesbury en Buckinghamshire. Fue en ese momento que la realidad entró a la casa. Yo nunca le había dedicado ni un pensamiento a la gente que veía en sillas de ruedas, quiénes eran y cómo habían llegado a ese estado. Acostumbraba a desviar mis ojos en la calle cuando veía a alguno de ellos en su silla, como si pudieran ser contagiosos. No podía imaginarme una vida sin extremidades, incontinente, con poca independencia.

En Store Mandeville me humillé al notar la capacidad de recuperación y las caras públicas de todos los pacientes que vi. Y Nick era todavía Nick, más delgado, pero con el mismo sentido de humor. Lo diferente era que no podía moverse. Y con el tiempo uno se debe acostumbrar a ello, aprender a desocupar el pato, ayudar a liberar la presión, aplicarle inyecciones, subirlo y bajarlo del automóvil, cortarle la comida, darle un sorbo, encenderle un cigarrillo. La lista es interminable, pero al final se vuelve de importancia secundaria y uno termina por no notarlo.

Durante ese tiempo, yo cambié. Siempre había sido egoísta. Todavía lo soy, pero empecé a pensar en los demás y a apreciar las pequeñas cosas de la vida. Empecé a tomar fotografías de otras personas. Encontré que estando detrás de un lente era una gran forma de esconder mis lágrimas y evitar conversaciones y pensamientos sobre mi hijo. Siempre he tenido una mente inquisidora y la fotografía me ayudó a ver el mundo de forma diferente. Era una manera de hacer preguntas.

Nunca fotografié a Nick durante su rehabilitación. Yo quería pero él no. Así que después de haber sido dado de alta, regresé al hospital y empecé a tomar fotos. Store Mandeville es la unidad vertebral más grande de Inglaterra, con 120 pacientes. Los grados de parálisis dependen de los niveles y la severidad del daño en la espina dorsal. Un parapléjico tiene una parálisis parcial o total de su cuerpo inferior mientras que un tetrapléjico, o cuadrapléjico, no puede además mover sus manos y brazos. Allí, la mayoría de los pacientes pasan por procesos de rehabilitación después de sus accidentes y los otros son aceptados con múltiples problemas, especialmente urinarios. Comúnmente un admitido permanece por cerca de ocho meses, aprendiendo a manejar sus discapacidades y volviendo a practicar muchas de sus funciones de actividad diaria. El programa es lento, de la cama a la silla de ruedas, aprendiendo a alimentarse de nuevo por su propia cuenta y sobreponiéndose a muchas adversidades mientras deben soportar la indignidad de la incontinencia y de ser bañados como un bebé.

Poco a poco mis fotografías fueron avanzando. Quería mostrar cómo en un instante, por un simple accidente, la vida de una persona se transforma. Y los accidentes suceden de unas formas inesperadas e inocentes: cayéndose de las escaleras, resbalándose en el baño, tropezando en el pavimento, una turbulencia aérea, la lista es interminable; es muy fácil quedar paralítico. Quería que los espectadores sintieran la pena que siento como padre. Quería que ellos vieran las clases de operaciones que mi hijo tuvo y que entendieran mejor la vida de un discapacitado. Algunas de mis preguntas han sido muy personales para ser preguntadas, y la cámara ayudó a responderlas.

Nick, vive hoy en su apartamento con un ayudante. No ha habido mejoría en su movilidad desde el momento del accidente hace dos años y la probabilidad que esto suceda permanece muy remota. Nuestra relación ha cambiado a medida que él se adapta a su nueva vida. El tiempo que pasamos juntos es más precioso para ambos y, aunque a veces falta la espontaneidad, también es deliciosamente impredecible. Nos vemos cuando queremos, más que por obligación. Gozamos de nuestra compañía y, aunque él es mi hijo, también es ahora mi mejor amigo.

Tomado de Granta
Traduccion Libre de Juan Manuel Wills

1 comentario :

  1. Juanito, una historia muy impresionante....un abrazo, Dario

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JMW